Debo reconocerlo, no soy tan feliz como cuando niño, adolecente o joven. Ahora soy un adulto y sí, soy un amargado.
No, no me creo esas patrañas que vienen escritas en los PowerPoints. Un PowerPoint no me levanta el ánimo. ¡Lo puedo reconocer!, soy un amargado.
Pero mi amargura no es mala, todo lo contrario, ella me impulsa hacía la búsqueda de la felicidad; cuando la encuentro, el placer es inmenso, es como una droga, cada vez que la experimento estoy deseoso de volver a hacerlo.
La amargura no es algo que haya que rechazar, se encuentra hasta en los mejores vinos. Un vino en algún tiempo de su juventud fue una dulce uva y se añejó para convertirse en una bebida madura, con clase y distinción.
Soy un amargado, pero feliz de serlo.


Comentarios recientes