sexualidad

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Es en las noches de luna nueva, cuando la última estrella del firmamento comienza a tintinear, cuando la ola plateada serpentea rumbo a la playa, es Ella la que se acerca.

No hay hombre que se resista a sus encantos eróticos, a su brisa sensual, a su cabellera del color de la espuma del mar y a sus ojos de cristal. Es Ella, de piernas largas y esbeltas, la que seduce con sus pechos de coral, la que susurra a los hombres al oído, la de labios sabor a sal.

—Quién era ella, abuela— interrumpió una niña que atenta escuchaba el relato.

Era la Señora de los Mares. Un demonio, un espíritu maléfico que vivía de la debilidad del hombre y se alimentaba de su esencia. Dicen que en esas noches venía en busca de un hombre que la satisficiera. Corrompía el significado de la sexualidad, haciendo con los hombres cualquier aberración: hacía que los hombres se portaran como animales, que anduvieran en cuatro patas y que chillaran como cerdos cuando terminaban el acto sexual. Al final los hombres tenían que pagar el precio de su deshonra, perdían su espíritu y ya jamás disfrutaban de lo que hacían.

—¿No tenían otra opción?— otra niña cuestionó a la vieja matriarca del pueblo isleño.

Sí, tenían una opción. Algunos hombres rogaban por sus espíritus y entregaban a cambio a su hijo varón de mayor edad. Casi todos los que eligieron entregar a sus hijos, decidieron después, ante la vergüenza, quitarse la vida de las formas más horrendas. Los que no lo hicieron, simplemente abandonaron el pueblo y jamás se volvió a saber de ellos.

—¿Es por eso que no hay hombres en la isla?— preguntó la menor de todas las niñas que se encontraba escuchando la historia.

—No los necesitamos— replicó la abuela.

La matriarca se levantó del lugar donde se encontraba relatando la historia a las más jóvenes. Se dirigió a un círculo de mujeres que danzaban, gritaban jubilosas y se acariciaban y se besaban unas a otras. En medio de ellas, un grupo de hombres y mujeres se entregaban en una gran orgía de placeres sexuales. Cuando todas vieron que la matriarca se acercaba, se hicieron a un lado; la mujer vieja y de cara curtida por los años levantó un cuchillo como haciendo una señal, entonces todas las mujeres alrededor se abalanzaron hacía la orgía y acuchillaron a todos los varones, dándoles muerte.

Los hombres que nacían en aquella isla se reservaban y se criaban como animales, apartados de toda actividad isleña. Cada año celebraban el rito de la fertilidad. A las mujeres se les educaba para ser autosuficientes y vivir sin necesidad de la presencia del hombre, en todo como fuera posible.

—¡Que ningún demonio venga a perturbar lo que por derecho nos pertenece!, ¡el dominio de la mujer sobre la bestia!— gritó la anciana al momento que se le dio muerte al último hombre en el ritual y todas las mujeres vitoreaban y se regocijaban unas con otras.

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Hoy descendí por las escalinatas del infierno, para encontrarme con mi perdición. No, no era fuego lo que estaba por consumirme o tal vez sí. La encontré a ella, la mujer sin nombre, vestida de traje sastre y un cabello meticulosamente recogido, sin un pelo suelto, zapatos negros y lentes que le daban un aire intelectual.

Una imagen soberbia, sin tintes lujuriosos, sin embargo me encontraba sumamente excitado. Ella me guió hacía una habitación, donde se despojó de algunas de sus ropas, para quedar solo con su sexo expuesto.

Inmundicia es lo que encontré, una sexualidad corrupta, inmoral, sucia. Un sexo corrompido, una falta de respeto hacía la feminidad. Aún así caí, me dejé llevar, por aquella mujer sin rostro. Me consumí en las llamas del infierno, mis ideas quedaron calcinadas.

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