—Apá, cuando sea grande, quiero ser como tú—dijo el imberbe joven a su padre—. ¡Eres el jefe!
El padre del joven, con un ademan, ordena a su hijo que se acerque.
—Vengase pa’ca m’hijo—dijo el padre, sintiendose orgulloso—, pues ya verá que cuado sea grande, va ser como su apá.
—Si apá, hasta le acabo de dar unos moquetazos a la Lupe, pa’que entienda.
El padre del joven, encolerizado, le solto una bofetada que casi tumba al aún débil hijo.
—Quién es uste pa’darle de golpes a su hermana—cuestionó el padre—.
—Pero es que no hacía caso—sollozando contestó el hijo—, la muy muina no quería barrer el zaguan.
—Pero quién chingados eres tú pa’pegarle—aún más encolerizado el padre, seguía cuestionando—. Mondrijo jijo del demonio.
—Naiden apá, naiden—contestó el joven—. ¡Ya no se enoje!
—Ya no se enoje, ¡ya, sáquese de aquí!, si no quiere que le estampe otra—amenazó el padre.
El joven se retiró, cabisbajo. Se le atravezó el perro de la familia, un perro flaco, mestizo, y le propinó una patada.
—¡Quítate!, perro jodido—le gritó el joven al perro. El animal salió corriendo, chillando, molesto.
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