Barrios vacíos, calles y avenidas sin automóviles, ciudades en total desolación. Nada funciona, nadie produce. Todos morimos.
“No salgan de sus casas”, ordenaban las autoridades. La pandemia nos obliga a permanecer en total aislamiento. Después, cuando ya no hubo “autoridades”, fue simple sentido común. Nadie salía o nadie tenía contacto con nadie más. Excepto, solo aquellos que promulgaban las “buenas nuevas”.
Muchos huimos al campo a vivir de forma primitiva, consumiendo nuestra propia producción. No había otra forma de sobrevivir. El virus es implacable.
Para los Testigos de Jehová fue y es la gloria, lo que por tantos años profesaban se “volvió realidad”: la ira de Dios estaba aquí. Ellos no obedecieron las advertencias, seguían visitando las casas, son los únicos que continúan por las calles. Ejércitos de ellos evangelizando y –claro, no hay milagros– muriendo. Solo ellos seguían transmitiendo el maléfico virus, disfrazado de palabras de salvación.
Aquí estoy, tratando de salvar a mi familia y tal vez, y solo tal vez, a la raza humana. Aquí nos encontramos cosechando y disfrutando la poca vida que nos queda. Aquí me encuentro ahora: en una mano un azadón y en otra una escopeta; una mano alimenta a mi familia y otra los cuida de esos Evangelistas del Fin del Mundo.


Comentarios recientes