–¡Quédate conmigo, Cristy!– al borde de una lágrima y haciendo un esfuerzo para que no se notase el nudo que tenía en la garganta, Marco pronunciaba así lo que en realidad era una despedida, una más a la cuenta.

–No puedo Marco, tú lo sabes, esta es mi vida– ella, Cristy, tranquila y acostumbrada a la vida del circo, pronunció sus palabras con la soltura de una artista que sabe manejar sus emociones –esto es todo lo que te puedo dar– sus cuerpos se conectaron en un evento de amor que, por desgracia, el destino no asegura que pueda durar para siempre. Marco la toma para si, tratando de que el momento traspase los tiempos. Cristy se porta romántica, sensual y erótica; ella solo quería en un instante entregarle todo a Marco, pues no se sabía si habría otro reencuentro.

Todo comenzó algunos años atrás, en la infancia de un niño lleno de ilusiones y de amor por la fantasía. En aquellos días, como año con año, el circo se había instalado en el pueblo de la familia Fernández de Santiago; Don Marco, así era conocido el dueño de la tienda de abarrotes principal del pueblo de Villa de Bustamante, llevaba a su hijo Marquito a ver la función de sábado por la noche. Marquito contaba con apenas seis años y le fascinaba el circo. La magia, los payasos, los animales, las acrobacias, todo era del total agrado de Marquito. Pero esa noche, lo que más le gustó a Marquito fue Cristy, la payasita acróbata.

Cristy era una niña de apenas cuatro o cinco años, que hacía de payasita. Su actuación se limitaba a hacer algunas acrobacias en conjunto con otros payasos y tan solo con eso se ganó el cariño del público, gracias a su carisma natural de niña. Pero además de eso cautivó al corazón de un niño, se agenció el amor de Marquito.

El niño convención a su papá, a Don Marco, de llevarlo todos los días que estuviese el circo y así fue. Don Marco sabía cuál era la verdadera intención del niño y por eso invitó a cenar a su casa –el último día de presentaciones– al dueño del circo, a la niña Cristy y a los padres de la niña, los cuales formaban parte del show de payasos acróbatas. Marquito estuvo encantado en la cena, no le quitó nunca la mirada de encima a la simpática niña. Cristy, tomando la iniciativa, al terminar la cena le pidió a Marquito que le enseñara sus juguetes y Marquito la llevó a su habitación. El niño entusiasmado le echo una mirada a su padre, dando a entender que todo iba de maravilla.

El circo se fue y con este se marchó el primer amor de Marquito. Sin embargo, como de costumbre, año con año el circo regresaba al pueblo y año con año se reafirmaba el lazo de amor que unía a los niños, que con el tiempo se volvieron jóvenes.

Marco, ahora joven, esperaba la llegada de su primer amor. No eran aún novios, aún así Marco nunca había traicionado ese amor que le tenía a Cristy, él siempre la esperaba. Un día, semanas más, semanas menos, el circo regresó y con este, Cristy.

Cuando la caravana del circo se estaba instalando, allí estaba Marco, esperando ver a Cristy. Cuando ella apareció, pareciese que el sol iluminaba más de la cuenta. Marco se abalanzó corriendo hacía dónde ella estaba y Cristy se dirigió también hacía él, los dos se encontraron con sus labios, ambos sabían que esto iba a suceder y estaban totalmente sincronizados.

–Te amo Marco– fueron las primeras palabras de Cristy y cuando apenas Marco iba a pronunciar las suyas, Cristy lo cayó con otro beso, aún más intenso que el primero.

Los días cursaron más rápido de lo esperado, la estadía del circo tan solo era de una semana y fue la semana más corta de la joven pareja.

–Estaré esperándote y será para no esperar más– fue una promesa de Marco hacía Cristy, promesa que hizo que le brillasen ojos de ilusión a la payasita.

–Solo disfrutemos el momento, no hagamos ilusiones de algo que tal vez no podrá ser–

–No te entiendo– replicó Marco –por qué esto no podría ser–

–Pertenezco al circo, soy una payasita es lo que se hacer y es lo que soy– repuso Cristy.

–Pero yo te amo– Cristy intentó reprimir esas palabras con un beso –adiós Marco, nos veremos el siguiente año–

Fue la semana más corta, seguida del año más largo en la vida de los dos jóvenes.

La transición de un año nos remite al principio de esta historia, como muchas historias de amor, que comienzan no como generalmente se esperan.

–Te ruego que no te vayas, no después de lo que acabamos de vivir– en los brazos de Marco se encuentra Cristy, quien no responde la petición de su amado –Cristy, ¿me amas?

–¡Con todo el corazón!– Cristy se levantó de un salto y sin poder verlo a los ojos, le dijo –mis padres no quieren que te siga viendo, dicen que no perteneces a nosotros, no eres como nosotros. Yo tan solo, tan solo quiero llevarme algo tuyo– la joven se vistió y se alejó de Marco.

El circo se marchó. Marco estuvo parado en la carretera, viendo como partía la caravana y con la ilusión de ver por última vez, ese año, a Cristy, ella no se asomó por ninguna de las ventanillas de la caravana.

El siguiente año ya no apareció Crsty en escena, ni el subsecuente, ni otros tres más.

En un año de verano, un mes después de la partida del circo, se presentó en el pueblo la joven Cristy. Aún joven, pero con porte de dama, llegó acompañada de una niña de tan solo cuatro o cinco años. Inmediatamente los rumores de la llegada de Cristy al pueblo llegaron a oídos de Marco, pues todo el pueblo conocía la historia de amor entre estos dos jóvenes.

Marco salió al encuentro de Cristy y al verla con una niña sus ojos se llenaron de lágrimas y su cara se transfiguró en miles de emociones.

–Hola…–

–Cristina, ahora soy Cristina–

–Hola Cristina–

–Hola Marco–

–Hola, cómo te llamas– Marco se dirigió hacía la niña.

–Soy Elena– Marco cargó a la niña en sus brazos y le dijo –yo soy Marco, tu papá–

–¡Es cierto mami, es mi papá!– la alegría brotaba de los ojos de Elena, la hija de la ahora Cristina y de Marco –papi, te quiero, mami siempre me contaba historias lindas sobre ti–

–Vengo a pedir que me perdones– antes que Cristina pudiese decir algo más, Marco la abrazó y la besó. Los tres se fundieron en abrazos y besos.

La nueva familia se dirigió a casa de Marco, donde estaba su padre, Don Marco, esperando fuera de la casa con las puertas abiertas.

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Nunca creí tener la mente en blanco, ¡lo logré!

No sé de qué manera lo había alcanzado, simplemente allí me encontré, contemplando el silencio en mi mente. La cordura de la razón.

“Sonidos”, qué me hace pensar en la palabra “sonidos”. ¡Aquellos malditos audífonos sobre la computadora!; sordos, desconectados, en silencio.

Parecía una ironía, mi mente vacía, como un valle en silencio y esos audífonos solitarios, callados.

Me los puse para ironizar, como una burla hacía esa voz inquisidora que en todo momento invadía mis pensamientos. Para sorpresa mía, al colocarme los audífonos, escuché el conectar de un viejo modem: “piiiiiiiii piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii pitupitu pituriiiii pitu pitu pituriiiiiii”. Para después recibir una voz, una voz inquisidora, una voz que decía “Bienvenido a tu conciencia 2.0”.

—A dónde crees que vas— dijo la voz del otro lado de los audífonos —no es tan fácil escapar de mí.

No me atreví a quitarme los audífonos, no de golpe, en las computadoras el hacer esto puede corromper los archivos en transferencia. Qué podría pasar con mi cerebro si cortase la comunicación de forma repentina, mi cerebro no se puede reiniciar tal cual se puede hacer con una computadora. No me atreví a hacerlo, no.

—Es tu deber continuar lo que ya habíamos comenzado, recuerda que es por el bien tuyo y de todos nosotros— era lo que la voz seguía transmitiendo, mensaje tras mensajes, sin parar —no me desconectaré, sino hasta que cumplas tu misión.

—Al menos por unos momentos tuve la mente en blanco, sin tu incesante voz, cuándo me dejará en paz, ¡cuándo!— le recriminaba.

—Hay que continuar con el plan, es el momento y esperemos que sean los últimos— decía la voz.

—Allí se encuentra uno, lo tengo en la mira, ¿lo ves?— le contestaba yo —cayó como una lagartija, como una asquerosa sabandija seudo-humana. ¡Miserables!— le seguía diciendo.

—Hay que eliminar a la anomalía en la raza humana, ni un reptiliano más en el planeta. Debemos eliminarlos desde que son aún unos niños— me sugería la voz.

—¡Allí está otro, otro más y otro!— comentabamos juntos.

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Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo. Y contempló Dios su creación, y se regocijó en ella, pues toda la divina perfección de su Ser había quedado plasmada en esta. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó. Cuando Dios hubo dádose cuenta que su creación ya no lo necesitaba, dijo: Consumado es. Y habiendo cerrado los ojos, murió.

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–Hace tiempo que no veníamos a tomar el café, cuando éramos socios nos reuníamos con frecuencia en este restaurante; ¡qué tiempos aquellos!, ¿lo recuerdas?– Le mencionaba Ignacio a Roberto, seguido, Ignacio bebía una taza de café americano.

–Claro que lo recuerdo, eran otros tiempos, otr…– El prolongado frenado de un automóvil interrumpió la tranquilidad del restaurante. Silencio, espera, expectación. No pasa nada, todo igual. — … digo, eran otras circunstancias, todo cambia para bien.

–Es extraño, ¿por qué cuando un automóvil frena, todos esperan una colisión?

–Cuando yo escucho el frenado de un auto no espero un choque, es absurdo.– En cambio Roberto acompañaba la plática con una taza de té negro y su inseparable pipa fabricada en madera de roble.

–Me vas a decir que esperas que no choque, que alma tan noble la tuya.

–Creo que no me entiendes, no espero nada, mientras no sea yo el afectado, lo que suceda ¿qué importa?. Pero bueno ¿qué tal tu café?

Nuevamente la serenidad del restaurante se ve interrumpida, está vez una ráfaga de balas. Gritos, larga espera, ganas de no ser espectador. De pronto, todo había cambiado.

Roberto, que instintivamente se había arrojado al piso, se levanta, voltea a los alrededores; encuentra que Ignacio está en el suelo tirado, él era el objetivo.

–Espero que tu café haya estado bueno– dijo Roberto en voz baja –aunque ahora, ¿qué importa?

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Ayer estuve en el cielo, en el juicio final. Todos los que habitamos alguna vez el mundo estuvimos congregados frente al trono del “Altísimo”.

El juicio era personalísimo. Cada individuo se paraba, para ser enjuiciado, frente al “Hombre” que estaba sentado en el trono. En el lado derecho se iban congregando los que comulgaron con ese al que algunos llamaban “Dios” y que salían airosos del juicio. En el lado izquierdo se encontraban todos los que habían sido condenados por no comulgar con la “Palabra”.

Cuando llegó mi turno, observé a toda esa gente que ya había sido juzgada. Del lado derecho pude ver a varios sacerdotes, líderes religiosos e incluso a varios Papas, entre ellos Benedicto XVI; también había cantidad de gente de distintas religiones, entre ellas las que provenían del judeo-cristianismo; todos ellos vitoreaban y se regocijaban por haber “triunfado”.

Estuve algunos momentos pensativo, mientras esperaba que iniciara el juicio, cuando de pronto se me aclararon las ideas y dije:

—Ahora entiendo todo, ¡tú eres Lucifer!—

No esperé que se me enjuiciara, me declaré culpable de no ser un hipócrita. Me dirigí por mi propia voluntad hacía el lado izquierdo de Satanás, en donde me encontré con un grupo de librepensadores, los cuales me recibieron con gran felicidad, tan felices como yo.

Ahora estoy aquí, esperando la muerte eterna. Es el precio que hay que pagar por no ser un eterno esclavo. En verdad, valió la pena.

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Una pintura al oleo, usando al mismísimo mar como lienzo.

Nadie podrá negar que la imagen es bella.

¿Será la pintura más cara del mundo hasta ahora?

Y si lo es, ¿quién la pagará?

No es que me guste el humor negro, pero este chiste no se me podía escapar.

¡Algo más negro que esto!

Al ver desde lejos esta catástrofe, me recuerda una parte del libro “La rebelión de Atlas”, de la filósofa Ayn Rand. Existe un capítulo donde a un horno de fundición se le genera una inesperada fuga y comienzan a escapar chorros de hierro fundido; de inmediato Henry Rearden, dueño de la fundidora, se abalanza sobre el horno para taparlo con arcilla, arriesgando su propia vida; a este acto se le unen trabajadores y otro empresario, Francisco d’Anconia.

Aunque se trata de una novela, no dudo que existan empresarios que apuesten todo por algo que es suyo y desean rescatar. No es el caso de British Petroleum, en donde veo más política, que acciones concretas para salvar un pozo petrolero y dejar de afectar al medio ambiente.

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Tengo un sueño, no como el de Martin Luther King (ese güey tuvo que haber estado seguro estuvo muy despierto para decir lo que dijo). No, yo tengo un chingo de sueño.

Tuve que ir por una taza de café (la cual estoy bebiendo en este momento), que para variar no me quita el sueño, tan solo me distrae un poco y eso ayuda a mantenerme alerta. Alerta pero con sueño.

Recuerdo cuando era estudiante, lo que me mantenía despierto  –en aquellos días que trabajaba más que ahora– era el proceso de preparar e ingerir café lo que me despertaba. Esa maldita droga llamada cafeína no me hace nada.

Tal vez mi organismo sea algo resistente a las drogas, lo creo pues no soy muy propenso a las adicciones. No me he vuelto adicto al tabaco, ni al café, al alcohol y pues no he probado, fuera de lo anterior, algún otro tipo de droga.

No sé si a la falta de predisposición para aprovechar el efecto de las drogas, sea una ventaja o desventaja para mí. En parte siento que es una ventaja, pues me da pie a experimentar sin perder el control.

Pensándolo bien, sí tengo un sueño. Tengo el sueño de algún día poder ir a Amsterdam a fumar un poco de droga legal, en uno de esos cafés, donde la puedes adquirir como quien compra condones para usarlos con las chicas de las vitrinas.

El sueño de acompañar un cigarrillo de esos que te dan risa, con una aromática taza de café y mantenerme bien despierto.

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Esta es una historia verdadera, sucitada en la Facultad de Medicina de la Universidad Green Mile, Luisiana. Un profesor se dirige a un alumno y le pregunta:

-¿Cuántos riñones tenemos?

-¡Cuatro!, -responde el alumno.

-¿Cuatro?, -replica el profesor, arrogante, de esos que sienten placer en pisotear los errores de los alumnos, en especial de los de raza negra. -Traiga un fardo de pasto, pues tenemos un asno en la sala, -le ordena el profesor a su auxiliar.

-¡Y para mí un cafecito!, -replicó el alumno al auxiliar del maestro.

El profesor se enojó y expulsó al alumno de la sala. El alumno era, entre tanto, el cómico estadounidense John Coffey (1893-1930), más conocido como “Mr. Jingles”.  Al salir de la sala, todavía el alumno tuvo la audacia de corregir al furioso maestro:

-Usted me preguntó cuántos riñones “tenemos”. Tenemos cuatro: dos míos y dos suyos. “Tenemos” es una expresión usada para el plural. Que tenga un buen provecho y disfrute del pasto.

…La vida exige mucho más comprensión que conocimiento. A veces, las personas, por tener un poco más de conocimiento o ‘creer’ que lo tienen, se sienten con derecho de subestimar a los demás.

John Coffey fue el primer afroamericano en graduarse de una universidad norteamericana, con el título de Médico Cirujano General. Ayudó a niños afroamericanos enfermos que no tenían servicios médicos, en el Hospital de Cold Mountain, Luisiana. Muchos decían que tenía el don de curar, tal vez el milagro curativo provenía de su habilidad innata de hacer reir a la gente.

Nunca le negó la salud a nadie. Mucho menos provocarle una carcajada, incluso a la gente normal de raza blanca.

D.A.R.

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Ayer me di cuenta que mi vida es trivial, menos trivial que la vida de la mayor parte de la gente, pero trivial al fin.

Mi vida no es un sin sentido, claro que tiene sentido, he luchado por darle sentido a lo que hago y creo haber logrado algo, pero no lo suficiente.

Hoy me siento como fuera de cualquier novela. No pretendo –ni siquiera– tener el papel principal de alguna novela, aunque sea quisera ser un secundario. ¿Soy el periodiquero que le ofrece el periódico todos los días al personaje principal?, no; ¿soy el elevadorista?, no; ¿soy el chofer de el único autobus que alguno de los personajes toma como única vez en la novela?, no; ¡ni siquiera eso!, estoy fuera de toda novela, de la que sea.

Si, sé que todos escribimos nuestra propia historia, día a día. Ya sé que soy el “personaje principal de mi propia historia”. ¡Es cierto, sin embargo no es lo que quiero!, una cosa es una historia, el diario de mi vida, mi bitácora; otra muy diferente sería que mi vida fuera una novela, algo interesante, esa amalgama de sucesos que pueden tener a un lector pegado de principio a fin, leyendo cada una de sus letras.

Eso es lo que quiero, ser el personaje de una novela. No importa si soy yo mismo ese único lector, que al leer cada una de las les tras de esa novela, me diga: con una jodida, como quisera poder vivir la vida de este personaje.

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Existen dos clases de hombres: los infieles y los que ya están muertos.

Algunas mujeres dicen: todos los hombres son infieles, excepto mi marido.

Yo digo que todos los hombres somos fieles, hasta que nuestras parejas nos cachan en la movida.

Lo que realmente pienso, es que todos los hombres somos potencialmente infieles y buscamos a otras mujeres.

Pero por qué somos infieles. Para responder a esta pregunta, primeramente hay que establecer que no todos los hombres tienen la capacidad de ser infieles, algunos a muy duras penas han logrado tener novia e incluso han llegado a casarse; siguen siendo potencialmente infieles, pero no tienen la capacidad de conseguirse a una chica con quién ser infiel; es decir, quisieran salir con otras mujeres, pero simplemente no pueden, no lo logran.

Por otro lado estamos los que si tenemos los medios para ser infieles. Ser fiel o no serlo, es una cuestión de decisión, de actitud y de poder: puedo ser infiel, pero decido serlo o no, o ya no serlo más, según el caso.

Así que si eres mujer, no te preguntes si tu pareja te es fiel o no. Primordialmente cuestiónate si tu pareja tiene la capacidad de atraer a otras mujeres, si la respuesta es no, entonces tu pareja no es infiel, tan solo le ha pagado a prostitutas para satisfacer sus necesidades de “conquista”. Si por el contrario, la respuesta es sí, entonces ubica a tu pareja en otra escala de valores y hay que darle un giro a la pregunta: ¿por qué podría serme infiel?

Hay una cuestión que me intriga, ¿existen grados de infidelidad?, tal vez hable de esto en otro post.

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