–Hace tiempo que no veníamos a tomar el café, cuando éramos socios nos reuníamos con frecuencia en este restaurante; ¡qué tiempos aquellos!, ¿lo recuerdas?– Le mencionaba Ignacio a Roberto, seguido, Ignacio bebía una taza de café americano.
–Claro que lo recuerdo, eran otros tiempos, otr…– El prolongado frenado de un automóvil interrumpió la tranquilidad del restaurante. Silencio, espera, expectación. No pasa nada, todo igual. — … digo, eran otras circunstancias, todo cambia para bien.
–Es extraño, ¿por qué cuando un automóvil frena, todos esperan una colisión?
–Cuando yo escucho el frenado de un auto no espero un choque, es absurdo.– En cambio Roberto acompañaba la plática con una taza de té negro y su inseparable pipa fabricada en madera de roble.
–Me vas a decir que esperas que no choque, que alma tan noble la tuya.
–Creo que no me entiendes, no espero nada, mientras no sea yo el afectado, lo que suceda ¿qué importa?. Pero bueno ¿qué tal tu café?
Nuevamente la serenidad del restaurante se ve interrumpida, está vez una ráfaga de balas. Gritos, larga espera, ganas de no ser espectador. De pronto, todo había cambiado.
Roberto, que instintivamente se había arrojado al piso, se levanta, voltea a los alrededores; encuentra que Ignacio está en el suelo tirado, él era el objetivo.
–Espero que tu café haya estado bueno– dijo Roberto en voz baja –aunque ahora, ¿qué importa?



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